Hambre


[Una versión antigua de este relato apareció publicada en la revista Narrativas]


Petra abrió el cajón del escritorio en el que guardaba todas las cartas que le había enviado Sindo. Se sentó en el suelo. Las ordenó cronológicamente según la fecha del matasellos y fue sacándolas del sobre. “Estas playas sin ti pierden su magia”, comenzaba diciendo la primera carta, y terminaba con un “creo que es la primera vez que escribo que te quiero”. No pudo apartar los ojos de esas dos palabras. Te quiero. Sintió que un hambre de campo de concentración le contraía el cuerpo. Un hambre de esas letras jeroglíficas, de ese te quiero. Sacó las tijeras del segundo cajón del escritorio y recortó el te quiero. Metió el trozo de papel en la boca y lo masticó despacio. No sabía a papel ni a tinta. Sabía al último agosto, cuando Sindo había ido a hacer un trabajo en la costa con un grupo de biólogos. Era la primera vez que se separaban desde que habían comenzado a salir y ambos sentían esa sensación de azogue y de necesidad del otro, de lejanía dolorosa.

El hambre se acentuaba con cada carta que leía. Petra comenzó a recortar todos los te quiero, todos los te amo, te deseo, te extraño. Hizo con ellos una pequeña montaña sobre la alfombra y los devoró entre lágrimas, parando sólo de vez en cuando para sonarse. Estaba sentada en el suelo, cubierta con una camiseta larga que había sido de él y todavía conservaba su olor. Comía los te quiero de papel, los te amo y te deseo y le sabían a las tardes de los domingos en el cine, a las cenas en un restaurante pequeñito del puerto al que solían ir los sábados a cenar y donde ponían una merluza en salsa verde para chuparse los dedos. Le sabían a esos momentos en los que uno vive sin pensar que las cosas pueden acabarse. Comía los trozos de papel como uno se imagina que tenían que comer los neandertales la carne que cazaban, con ansiedad y sin miramientos: para sobrevivir. El montón de palabras recortadas desapareció poco a poco en su boca, deshaciéndose con su saliva. Cuando las hubo comido todas, permaneció sentada en el suelo con la mirada perdida y la boca pastosa. La rodeaban los trozos de papel que habían sido las cartas de Sindo. Las tijeras reposaban en su regazo. El hambre se hacía más feroz. Pensó entonces en las fotos. Buscó el álbum y se sentó otra vez en el suelo. Sacó aquéllas en las que salía él y las colocó a su alrededor de manera que formaran un círculo que la encerrase. Con las tijeras, fue recortando poco a poco la silueta de Sindo de todas las fotografías y se las comió: Sindo pescando salmones en la desembocadura del río, calzado con unas botas altas y verdes y con una enorme caña cuyo anzuelo le pareció imposible tragar sin que se le enganchara en el empaste del premolar; en bicicleta por el sur aquel verano tan caluroso, vestido con unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas cubiertas de un pelo negro y fino que le hizo cosquillas en el paladar cuando lo tragó; en la playa, rodeado de sus sobrinos, con las manos arenosas después de hacer un castillo en la orilla, unas manos que le arañaron la garganta en su camino hacia el estómago; con traje y corbata en la boda de unos amigos –le parecía imposible tragar sus ojos en esa foto, hinchados y enrojecidos por el alcohol; los sintió como bombones de licor dentro de la boca, pero su sabor era amargo como la bilis–. Decenas de fotos de Sindo que fue comiéndose como antes se había comido sus palabras, sus te quiero de papel. Lo hacía cada vez con más calma, poniendo más cuidado en saborear lo que se llevaba a la boca, en tragarlo a pesar de la dificultad. Cuando los restos de las fotos y las cartas formaban una pila de papeles semejante a una hoguera, los tiró a la basura. Buscó por la casa más cosas de él que comerse para calmar el hambre, pero no quedaba nada en ninguna parte, ni en los armarios, ni en el baño. Todo había desaparecido y Petra se preguntaba en qué momento él se había llevado sus cosas, borrando hasta la última huella de su casa. Se dejó caer en el suelo. Sentía en la espalda el peso de un bloque de hormigón y el estómago retorciéndose. Miró sus piernas asomando por debajo de la enorme camiseta que había sido de él. La camiseta. Se la quitó y quedó desnuda. Con las tijeras, cortó la tela en trozos pequeños y comestibles. Esta vez necesitó de abundante agua para ir tragándolos, aun así, con dificultad. Cada jirón le sabía al sudor de Sindo, a su colonia, a las células de piel muerta que aún permanecían en la tela. El último de los trozos de la camiseta entró en su boca a cámara lenta. Sabía que ya no quedaba más de él que pudiera comerse. Lo masticó despacio y lo tragó también despacio, notando cómo se arrastraba garganta abajo. Le sobrevino entonces una arcada y corrió hacia el baño. El estómago se convulsionó en un movimiento sísmico que la hizo vomitar. Hubiera querido contenerlo, retener dentro lo poco que le quedaba de él, pero era imposible. Cerró los ojos con fuerza cuando le sobrevino un nuevo vómito. Creía sentir cómo todos esos fragmentos de Sindo la abandonaban de nuevo, rasgándola por dentro. Los ojos enormes como bombones de licor, los pelos de las piernas haciéndole cosquillas en el paladar o las manos arañándole la garganta. Notaba también cómo huían todos los te quiero escritos con pluma y tinta negra, y su sudor, su colonia, los restos de células muertas de su piel… Cuando abrió los ojos, vio su vómito en el inodoro: un amasijo informe de papeles masticados y trozos de tela. Se quedó mirándolo unos instantes y sintió de nuevo hambre. Estuvo tentada a comérselo otra vez. Imaginó un ciclo si fin de comer cosas de él, vomitarlas y comerlas de nuevo. Alimentarse sólo de eso.

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11 comentarios:

marisa dijo...

Bravo Marta, como dirías tú:¡cómo te creces!Me alegro por todo, lo sabes, de corazón. El texto es genial.Un fuerte abrazo.

Borromín dijo...

Me ha encantado... la verdad es que comparto con Marisa su afirmación, simplemente genial.
Un abrazo.

media luna dijo...

¡Cuánto tiempo Marta! Pero siempre merece la pena reencontrarte. Nos lo has puesto un poco difícil para seguir el relato. Yo al menos, no he podido seguir leyéndolo en "Narrativas", pero seguiré investigando porque la historia lo merece. Ay las excusas! Ay los complejos, la inhibiciones, los prejuicios...el amor! Me gusta como eres capaz de encontrar siempre ese hilo conductor entre la historia y la emoción.
Un besiño grande.

Olga B. dijo...

Ayer me felicitabas por un gran colofón, yo tengo que hablarte del título y el principio, porque, como Carmen, no puedo leerlo en "Narrativas". Pero el hambre es símbolo y realidad y, para mí, la medida de nuestras ganas de vivir. Eso a veces se paga, ya lo creo, todo da hambre, las alegrías, las penas...y nos acabamos conviertiendo en el resultado de nuestra pasión descontrolada. Kilos de complejos frente al mundo cruel, ay.
Quiero leerme el relato!
Un besazo y felicidades, a sumar y sumar logros todo el año:-)

media luna dijo...

Gracias Marta. Gracias por facilitarnos y permitirnos así leer este relato que sin duda prometía y no defrauda. Un relato de los que echaba de menos. Un relato con tu sello. Un relato lleno de imágenes que se asocian en el corazón con un torrente de emociones. Casi me duele la garganta de tragar cada uno de lo "te quiero". De esos te quieros intemporales. Esos te quiero que se van por la taza del water. ¡Quién imagina un final tan poco romántico! Y sin embargo los finales tienen poco de romántico siempre. Si acaso un dolor de estómago que a veces se cura comiendo y a veces sin comer. En cualquier caso de una talla 42 es fácil recuperarse:))
Felicidades. Ojalá pronto podamos leerte con más asiduidad, aunque imagino lo ocupada que estás.
Un beso.
P.D. Creo que ni Jusús podría encontrar pegas a este hambre feroz.

Olga B. dijo...

Es muy bueno, Marta.
Muy en serio.

Marta dijo...

Muchas gracias a todos por haber leído el relato. La verdad es que esta es la versión más antigua. Ha pasado por varias fases de remodelación desde que lo envié a la revista.

Maine dijo...

Te acabo de descubrir y me gustas, te felicito. Algunos de tus cuentos, como el de Caperucita, tienen ese giro inesperado que tanto me gusta a mí también. Te invito a que leas mis cuentos malvados. Volveré a visitarte.
Un saludo.

Danelí dijo...

Esta es la primera vez que te visito y debo felicitarte por tus relatos, tu narración es -o al menos a mí me parece- atractiva.

Un abrazo y una sonrisa para ti, después de la lectura.

Juan Manuel Macías dijo...

Uf, he tenido que sudar lágrimas de tinta para poder descargarme el pdf. No sé si la penitencia es por mi extravagancia de usar Linux. Pero lo conseguí leer. Inmenso, Marta, como tú sabes. Mi enhorabuena. Un beso.

Carlos dijo...

Hola Marta. Me ha encantado el relato. Una prosa muy precisa, como debe ser. Describes perfectamente sufrimiento que hay detrás de la bulimia sin sentimentalismos facilones. Y mira que es difícil hacer relatos con cartas o fotografías sin caer en tópicos. Es una gran suerte compartir revista contigo. Felicidades.

Carlos Fruhbeck Moreno