
Cuando ella conoció a W, había quedado con otro chico, el bajista de un grupo heavy, un tipo duro que hacía maravillas con los dedos (no sólo musicalmente) y se comportaba ante ella como un niño asustado. Esa noche se acostó con el bajista, aunque ya pensaba en W. Pensó en él mientras el bajista le quitaba la ropa, mientras la besaba, le acariciaba el cuello y la penetraba. Estaba pensando en W incluso cuando, tras hacer el amor con el bajista, cruzó desnuda la habitación hacia el baño para darse una ducha de agua bien caliente; también al despertarse, mientras desayunaba en la cocina del bajista unas galletas algo rancias y un café demasiado fuerte.
Cuando él conoció a X, había quedado con otra chica, una morena guapísima que nunca le decía que no a nada y quizás por eso le resultaba a veces tan insoportable. Otras veces, en cambio, le apetecía comérsela entera, empezando por las preciosas manos de pianista y acabando por el espectacular culo de bailarina. Esa noche se acostó con la morena, aunque estaba pensando en X. Pensó en X mientras la morena bailaba para él, mientras se desnudaban con prisas y torpeza, y horas después, cuando se levantó a mear e hizo tanto ruido que despertó a su comañera de juegos; o a la mañana siguiente, cuando desayunaba en su propia cocina un croissant y un café bien cargado y calentaba el agua para el té de la morena, también entonces pensaba en X, a pesar de que a esas horas, con resaca y recién levantado, no le apetecía pensar en nada, en nadie.
Después de esa noche, X y W se encontraron muchas veces por la ciudad. Ninguno de los dos sabe decir el motivo por el cual se quedó tan abrumado con el otro. Al fin y al cabo, no se conocían, nunca habían hablado, no sabían quiénes eran en realidad, el nombre, el número de teléfono, la comida preferida, los grupos musicales favoritos, las aficiones y todas esas pequeñas estupideces que parecen tan importantes cuando aún la otra persona es misteriosa e inalcanzable, esas estupideces que pasamos por alto cuando no coinciden con las nuestras, persuadiéndonos de que no son importantes, y que vuelven a cobrar importancia y se acaban convitiendo en dardos envenenados (a falta de un arma afilada mejor) cuando no sabemos en qué momento se nos acabó el amor, la pasión, el calentón o el misterio.
Pasaron semanas pensando el uno en el otro, pero sin cruzarse ni una sola palabra. Se miraban, sólo eso. X iba siempre abrigada por el bajista del grupo heavy, ese chico duro que cada vez la notaba más distante y más esquiva. W iba acompañado de la morena, a veces de algún que otro ligue ocasional. Más tarde, solos en casa o acompañados de cuerpos desnudos, satisfechos y dormidos, pensaban en esa persona desconocida y deseada, y cualquier otra que tuvieran a su lado les resultaba vulgar y decepcionante.
Planearon, cada uno por su lado, tácticas de acercamiento, presentaciones ingeniosas. Nada les parecía lo bastante bueno y no acababan de decidirse a dar el salto definitivo. Pasó casi un año. Ella ya no se acostaba con el bajista. Él se había cansado de los eternos síes para todo que le daba la morena y nunca quedaba con ella. Un día, X y W comprendieron que ya no aguantaban más y que debían hacer algo para remediar la situación, para conocer a quien les estaba obsesionando. Iban a dar el paso, iban a atreverse. La próxima vez que se vieran lo harían. Comenzaron a buscarse por los lugares en los que se habían visto, a las horas a las que se habían visto, pero por esas raras casualidades que tiene la vida (unas veces para bien y otras para mal) cada uno buscaba al otro justo en el sitio en el que no debía. X pasaba por los lugares minutos más tarde de que W se hubiera marchado a buscarla a otra parte. Frenéticamente, desesperadamente, se buscaron durante semanas por toda la ciudad.
Fue inútil. Ya había pasado de largo su momento.
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IMAGEN: Camilla d'Errico
7 comentarios:
Me parece a mí ¿o esto pasa todo el tiempo? Es una idea loca que tengo ¿o es mejor que no se hayan cruzado? La mejor manera de preservar una relación. No consumarla. El destino a veces se compadece de nosotros y nos ayuda a salvar las leyendas. Los señores que inventaron el amor cortés hace tantos siglos, sabían lo que hacían.
María José dice que no hay nada peor que un mito mal curado y tú dices que el destino a veces se compadece de nosotros y nos ayuda a salvar las leyendas. Dos frases preciosas, aunque completamente opuestas.
Antes de nada, bonito el cambio de imagen del blog.
En cuanto a tu bello relato, creo que es tan cierto, tan real... que me duele leerlo... tal vez porque siga buscando lo que nunca tuve. Y estoy con María José en su afirmación; creo que no hay peor cosa que guardarse los "y si...", los "quizás", y los "tal vez"... y es que "los mitos mal curados", como ella dice, dejan de ser mitos para convertirse en "fantasmas", que guardamos dentro de un baúl en el desván oscuro de nuestra vida, y que de vez en cuando vuelven para visitarnos.
Sigo creyendo, aunque no practicando para mi propia desesperación, que las cosas que se sienten deben decirse... y es que a mi los mitos nunca me ha gustado dejarlos morirse en los baules.
Ay Marta... Has dado en una herida que a algunos aún nos duele. las cicatrices del alma parecen imperceptibles.Son invisibles para los demás pero cuando alguien aprieta el resorte vuelven los recuerdos y se hacen palpables y dolorosas.Llevo un tiempo dándole vueltas a ciertas preguntas, y hoy tú con esta frase final me has dado una hermosa respuesta: "Ya había pasado de largo su momento". A veces es mejor pasar de largo aunque sepamos que será para siempre...
Creo que sé lo que quiere decir María José. De pronto tiene razón. Es posible que todos nosotros pensemos en este asunto según nos haya ido en el baile. Es posible también que yo esté tiñendo los cristales del color de mis decepciones. Pero reconozcamos que para la mayoría de los mortales, los mitos se vuelven grises en contacto con la realidad. Y recordar algo no consumado, tiene su belleza.
Me vienen a la memoria unos versos de Atahualpa Yupanqui, cantor folclórico argentino:
"Al pasar por el rancho del Portezuelo
salían a mirarme sus ojos negros
Nunca le dije nada pero ¡qué lindo!
y de feliz yo daba mi copla al viento.
Los vientos y los años me arriaron lejos
lo que ayer fue esperanza hoy es recuerdo
Me gusta arrinconarme de vez en cuando
a pensar en la moza del Portezuelo
¿ Dónde estará la moza del Portezuelo ?
¿ Están tristes o alegres sus ojos negros ?
Nunca le dije nada, pero ¡ qué lindo !
siento un dulzor amargo cuando me acuerdo."
Como dice Sabina: sabes mejor que yo que hasta los huesos, sólo calan los besos, que no has dado, los labios del pecado...
Pues los mitos son muy pero que muy peligrosos, porque no hay nada más impoluto que algo que se mitifica, se crea según el gusto personal, no tiene la mácula de lo cotidiano, de lo vivido.
Me parece muy injusto cuando la gente ve en el amor que no pudo ser el mejor de los amores.
Que no se engañe nadie.
A mí que me den rosas con espinas, que las otras no huelen a nada.
Besos a todos y feliz año
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