
Después de varias horas regalándose besos de barco que se hunde y palabras como para escribir mil libros, la chica de la sonrisa luminosa le dijo al chico que sabía más dulce que la miel –aunque sin empalagar– que nunca lo olvidaría. Él no la creyó e hizo todo lo que estaba en su mano para ponerla a prueba: la ignoraba en las fiestas, borró las huellas de sus pasos, se comió las miguitas de pan que conducían hasta su casa e incluso se burlaba del candor de ella cuando lo miraba con sus ojitos enamorados. Todo lo hizo para ponérselo difícil y que lo olvidara –aunque le dolía–, pero esa era su manera de proteger su corazón: no creer en eternidades ni para siempres, ni muchísimo menos en las palabras lindas de nadie. Quería demostrar que ella era una díscola incapaz de centrar su amor en una dirección única, como lo eran todas en el fondo.
Pasaron los años y la chica de la sonrisa luminosa –que además tenía un don prodigioso para acariciar orejas– siguió con el candor enamorado en la mirada cada vez que lo tenía cerca. El chico que sabía más dulce que la miel –y que depositaba como nadie besos en la comisura de los labios– se conmovió por tanta devoción y lealtad, año tras año, aunque se cuidó bien de que ella no notara este punto flaco. Finalmente, terminó por aceptar que en aquel juego había ganado ella por persistente y tenaz. “Está bien, te creo”, le dijo él. Y se fueron a vivir juntos hasta el fin de sus días: ella por pura costumbre de pensar sólo en él y él por puro agradecimiento de que ella no lo hubiera olvidado a lo largo de los años a pesar de todos sus desplantes. Quizás también se querían un poco, creo.
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IMAGEN: Benjamin Lacombe
6 comentarios:
Me parece que el cierto distanciamiento irónico con que, desde el comienzo hasta la línea final, se cuenta la historia -más bien, el resumen- de esa relación evita el riesgo de un exceso de sentimentalismo. Quizá podrías haber desarrollado más el relato, penetrando más en la psicología de los personajes y en las causas de sus respectivas conductas (si es que hay "razones racionales" para el amor, no para el agradecimiento o la compasión).
Y, ¿sería mucho pedir que, sin dejar de lado los temas vinculados a la pareja y que sabes tratar tan acertadamente, escribieras con más frecuencia sobre otros asuntos? Ya nos demostraste en diversas ocasiones precedentes que sabes escribir textos preciosos, impecables,sobre temas no vinculados a la relación de pareja. Te hago aquella pregunta, que sentiría te pareciese mal o, al menos, improcedente, por una razón: precisamente por la muy alta valoración, creo que ya demostrada desde que escribo en tus blogs, en que tengo tus textos literarios (narrativos o no).
Cierto eso que dices, Marta. Algunas están unidas por el silencio. (En esa fase estoy yo con mi pareja literaria, o mi alter ego...Silencio...silencio y frustración). Un texto dulce el tuyo, aunque no estén unidos por un amor-AMOR los personajes.
Besos.
Esos juegos son bastante comunes (lamentablemente)me gusto tu texto... lo siento familiar, como algo ya vivido...
Saludos!
Salutem plurimam:
Es triste que la mitad de la vida no sean mas que juegos de este tipo, o levantarte cualquier día y descubrir que tu vida no es mas que un juego.
Te tomo prestada esta imagen guapa, o a Gustavo Aimar. Me viene genial para una nueva entrada en mi blog.
Y en cuanto a tu texto discrepo de los comentarios anteriores. Creo que estos dos se amaban a más no poder. ¿Cómo no iban a estar enamorados una chica de sonrisa luminosa y un chico que se sabía más dulce que la miel?
Besos en las orejas o donde prefieras artista.
Un relato tan triste como usual.
Me gustó tu forma de contarlo.
Saludos,
Mariana
Gracias.
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