31 de octubre de 2009

Me gusta/ No me gusta


ME GUSTA el puré de verduras, Eloy Tizón, los gatos, Avigdor Arikha, el olor a eucalipto, Carver, la comida picante, Klimt, la música de los 70, Silvina Ocampo, Tim Burton, la lluvia, viajar, Menéndez Salmón, los taconazos, Alphonse Mucha, las mañanas de los sábados y las noches de los viernes, Ángel Zapata, J. L. Mankiewicz, Marlon Brando, el vino tinto, Flannery O’Connor, la ropa de color negro, la danza del vientre, Hitchcock, las duchas con agua bien caliente, Billy Wilder, el gazpacho, Morrissey, San José de Costa Rica en Fin de Año, las cataratas, Otto Preminger, la comida basura, el cine expresionista alemán, los masajes, los pinares, las playas en invierno, Julio Cortázar, el melón, David Lynch, los cómics, los besos suaves en el cuello, Medardo Fraile, Praga, los violines, Lost, Henri Michaux, Poe, Machen y los números capicúa.

NO ME GUSTA el reggaetón, los maniáticos de la puntualidad, hacer deporte, Penélope Cruz, las ostras, las despedidas, tomar el sol, Ruiz Zafón, los concursos de la tele, los ginecólogos, los adoquines, los autobuses, los macrosupermercados, los paraguas, el fútbol, las películas de acción, los pasteles, noviembre, las pastillas, el Mini Cooper amarillo, las películas que transcurren dentro de submarinos o aviones y el olor a comida que queda en casa después de cocinar.
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25 de octubre de 2009

Confesiones de una zarina bolchevique


Mamá dice que reírse a mandíbula batiente es ordinario y la abuela Olga, que caminar encorvada es poco elegante. Lo segundo lo solucioné con clases de ballet. Media vida en demi-plié y en effacé y la espalda se enderezó como un girasol cuando tiene al sol justo encima. Camino como una zarina a quien hubiesen expulsado de un palacio de San Petersburgo y se pasease ahora por un barrio del proletariado. Me lo dice mucho la gente: “Qué tiesa caminas”, y respondo que son los años de ballet. Omito, en esta explicación, que no fue tanto el ballet como el pánico a parecerme a aquella vecina jorobada, Irina Nicoláyevna, a quien la abuela señalaba cuando la veía por la ventana y me decía: “Así, así vas a acabar tú si te sigues encorvando”. “Pero abuela”, debería haberle dicho, “con doce años y semejantes pechos, o me encorvo o me detiene la policía por escándalo público”. El ballet, como dije, curó el encorvamiento y los años fueron atrofiando el crecimiento desmedido de mis glándulas mamarias hasta el punto de hacer que ahora me arrepienta de no haberlas lucido más cuando aún eran de tamaño tan llamativo.

La risa es mucho más difícil de corregir. Qué le voy a hacer, pues, si me corre sangre cubana por las venas y cuando me río lo hago con todo el cuerpo y estallo en un sonido que –lo reconozco– para quien no está acostumbrado a escucharme puede resultar chocante. No por distorsionado, no por ridículo. Por alegre. No es fácil encontrar gente alegre en estte país tan frío. Yo no soy plenamente alegre tantas veces como quisiera. A ratos, nada más. La mayor parte del tiempo gozo de una felicidad tranquila, de las que no se hacen notar demasiado. Y a ratos soy de grandes alegrías, de ojos chispeantes. Cómo no voy a reírme con ganas si tengo una boca que, una de dos, o se ha hecho para reír, o debería usarla como buzón de correos. Boca grande y dientes blanquísimos, perfectamente alineados –gracias a una ortodoncia que costó una pequeña fortuna–. Una chica de anuncio de dentífrico.

Dice la abuela Olga que la risa me estropea. “Con el porte que tienes, hija, y luego te ríes y lo estropeas”. Yo creo que no lo estropeo, que mi risa demuestra más quién soy que el hecho de caminar como si alguien me hubiese metido un palo por el culo –con perdón–. La risa es como el llanto, quizás porque nos deforma el gesto. Me fío tan poco del que se ríe “a la japonesa” –manita delante de la boca y sonido imperceptible– como del que llora como una plañidera, y me da igual si la pena es grande o chica, porque llorar para fuera me parece igual de malo que reír para dentro. Mis penas me las como y las alegrías las vomito. Así soy yo, una zarina bolchevique con risa epiléptica.
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Imagen: Liu Ye

20 de septiembre de 2009

Cerrar los ojos


Por ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata. Por ejemplo, saber por qué la cara que veía reflejada en sus pupilas no era la mía, sino un amasijo de pellejo y huesos, y por qué aquel cuarto era de un lujo burgués que nunca me habría podido permitir, lleno de velas y flores. O por qué no podía moverme.

Hacía un frío doloroso. Comencé a oír los llantos. Vi a Estela convertida en un cuervo negro y percibí el olor a vino rancio y cera que siempre desprendía el cura. Sólo entonces dejé que me cerrasen los ojos.

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9 de septiembre de 2009

Reloj


Rompió la tarjeta de presentación que había encontrado en el suelo antes de mirarla siquiera. Era de color cáscara de huevo y tenía marcada la huella de todos los zapatos que le habían pasado por encima. Sintió un impulso y la recogió. Pero acabó por romperla. Al salir del vagón del metro, vio escrita en la pared de azulejos blancos una fecha futura (el día siguiente) y el nombre de un bar de la plaza. Pensó que era una cita. La relacionó con la tarjeta que acababa de romper. Se imaginó que se trataba de una mujer. Podría llamarse Alicia o Paloma, trabajaría en alguna oficina del centro, viviría en la periferia, en una ciudad dormitorio sin servicios donde la tranquilidad de la calles haría que siempre pareciese domingo. Sería morena, de ojos verdes y le sobrarían algunos kilos bien repartidos entre las caderas y los pechos. Le gustaría el helado de turrón y le daría morbo magrearse en los parques por la noche, como una adolescente, o en el asiento trasero de los coches, pero no si estaban estacionados debajo de una farola.

Esa noche soñó que paseaba con una mujer por una playa que le era desconocida y, por esas extrañas piruetas que sólo se dan en los sueños, se encontró de pronto en la cama de su apartamento, encima de ella, debajo de ella, reflejados ambos en un espejo que nunca había estado en el techo, acariciándola, anticipándose a unos lunares que ya había memorizado hacía una eternidad. Al despertar, había olvidó la vida anterior a ella, aquel instante en el metro en el que rompió la tarjeta con sus datos. Se duchó, decidió no afeitarse, aunque a ella no le gustaba la barba de tres días, pero a cambio se vistió con los vaqueros nuevos y la camiseta con el dibujo de una bola de billar, que a ella le encantaba, y se encaminó hacia el bar de la plaza en el que estaría esperándolo. La vio a través del cristal. Tomaba cerveza sentada en una de las mesas del fondo. La misma mujer del sueño. Morena. Ojos verdes. Pechos grandes. Le sonrió en cuanto entró por la puerta. Ella frunció sus labios de golosina, dio el último trago a la cerveza y se fue. Pasó por su lado y lo saludó levantando apenas el mentón, tal y como se saluda a alguien que nos mira con insistencia, como si nos conociese, pero a quien no recordamos. Incluso había olvidado qué estaba haciendo en el bar, a quién esperaba.

Se sentó en uno de los últimos vagones del metro. Cerró los ojos un instante y echó la cabeza hacia atrás. Se vio con el hombre del bar en la cama de un cuarto desconocido. ¿Por qué no pones un espejo en el techo?, le preguntaba juguetona. Se vio con él en la playa del sur en la que había pasado media vida. Imaginó que se llamaría Samuel o Mateo, algo bíblico, que tendría manías como la de no comer alimentos de color rojo o la de recoger las cosas que se encontraba tiradas en el suelo. Y besaría con boca de tiburón hambriento. Entonces lo tuvo claro: era él. Se levantó del asiento para bajarse en la siguiente parada. Tiró al suelo su tarjeta y, una vez en el andén, apuntó en la pared de azulejos blancos una fecha, una hora y el nombre de aquel bar de la plaza. Corrió a casa, abrió el primer cajón de la mesita de noche y buscó el reloj que tenía escondido entre los geles lubricantes con sabor a frutas y la lencería comestible -tanto tiempo sin jugar con nadie-. Lo retrasó veinticuatro horas y se sentó a esperar.

30 de agosto de 2009

Cuñadas


A partir del inicio de Fidelidad, un microrrelato de Fernando Iwasaki
perteneciente a su libro Ajuar funerario.


El perro iba detrás del cortejo, cabizbajo y con el rabo entre las piernas”, tan apenado como mi cuñada o como mi madre y, desde luego, mucho más apenado que yo. Cuando todo hubo terminado y cada cual regresó a su casa, él se quedó allí, echado en la tierra aún sin hierba, alfombrando la tumba de Nicanor. Nosotros, la familia, nos fuimos a casa con la viuda. Mamá se echó a llorar en una de las dos camas de la habitación de invitados y María Elena, la viuda, pronto ocupó la cama gemela. Yo podía verla desde el sofá de la sala, las pantorrillas asomando, descuidadas, por debajo del vestido negro, el pecho convulsionado por el llanto. Fernanda y yo esperamos a que ambas se durmieran para irnos. Entonces ella me dijo muy quedo al oído: “Vámonos, anda”, y me sacó de aquel ensimismamiento de María Elena inconsolable y sus hermosas pantorrillas.

Nadie en el pueblo pudo dormir bien, ni esa noche, ni las dos siguientes. El perro, que no se había movido de la tumba de Nicanor, aullaba desesperado desde que salía la luna hasta que amanecía. “Tienes que hacer algo”, me suplicó mamá, “María Elena cree que el perro arma todo ese escándalo porque Nicanor quiere hablarnos a través de él”. Al anochecer fui al cementerio con la escopeta, dispuesto a pegarle un tiro, sabiendo que el perro jamás abandonaría la tumba y que Nicanor no me perdonaría semejante canallada. Me daba lástima el pobre perro, pero tenía que hacerlo. Me imaginé las hermosas pantorrillas de María Elena reposando tranquilas sin los aullidos y eso me infundió valor. En cuanto lo tuve frente a mí y le apunté con la escopeta, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. El perro se dio cuenta antes que yo mismo de lo que había pasado. Se incorporó de un salto y comenzó a mover el rabo tal y como lo hacía cuando veía a Nicanor. Yo empecé a sentir un escozor por todo el cuerpo, como si no fuese más que un guante dentro del cual se estaba acomodando otro cuerpo. Como si estuvieran ocupándome. Unos ojos que no eran los míos se asomaron a mis ojos y comenzaron a mirar el mundo como si hiciera tiempo que no lo veían. Pensé: “¿Qué me pasa?” y, al mismo tiempo, alguien dentro de mí dijo: “Volvamos a casa, aún es temprano y Fernanda seguirá despierta. Hace siglos que deseo ver desnuda a tu mujer”. El perro nos siguió de cerca. Juraría que iba sonriendo.

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Imagen: Sarah Joncas

12 de julio de 2009

Palabras de otros: John Cheever


"Si hay alguien a quien detesto, es al sentimental sin personalidad: a toda esa gente melancólica que debido a un exceso de piedad por los demás desconocen el estremecimiento de su propia esencia y se deslizan por la vida sin identidad, como brumas humanas, compadeciendo a todo el mundo".

John Cheever, El ladrón de Shady Hill

2 de julio de 2009

Palabras de otros: John Gardner


"El argumento de que el escritor en realidad necesita experiencia en el mundo y no una educación literaria -tanto en la lectura como en la escritura- se ha repetido hasta la saciedad, hasta el extremo de que a muchos les suena a verdadero evangelio".

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"No hay una sola persona que pueda aspirar a escribir realmente bien si no ha aprendido antes a analizar la ficción, a reconocer un símbolo en el momento en que aparece, a detectar el tema de que trata una obra literaria, a explicar la selección y la organización de los detalles de ficción que ha llevado a cabo el autor".
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"Uno de los problemas de no haber leído nada que valga la pena es que uno jamás llega a entender por completo la otra cara del propio argumento, nunca entiende que ese argumento ya es viejo (todos los grandes argumentos lo son), ni entiende jamás la dignidad y la valía de las personas que uno pone en el papel de enemigos".


John Gardner, El arte de la ficción

28 de junio de 2009

Palabras de otros: Alejandra Pizarnik


"Que este año me sea dado vivir en mí y no fanta- sear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y la extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado el interesarme por este mundo".

Alejandra Pizarnik, Diarios

2 de abril de 2009

Perros


“¿Dónde está el perro?”, pregunté a mamá, que estaba dándole forma a las albóndigas, aunque esa misma mañana se había quejado de que no podía comprar carne ni una vez por semana. Se encogió de hombros y señaló a papá, que cavaba un hoyo en el jardín. Salí corriendo a preguntarle y también se encogió de hombros sin mirarme siquiera. Di varias vueltas alrededor de la casa y acabé encontrándolo. Alguien lo había escondido en la caseta de los arbustos. Tiritaba, como si supiera. El perro. Después de Toby nunca más puse nombre a los perros. Me tiembla el cuchillo cuando les pongo nombre.

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Imagen: Kelly Haigh

30 de diciembre de 2008

La gotera



La casa tenía una gotera que caía ―plot, plot, plot― sobre el fregadero y sonaba metálicamente igual que el corazón de un hombre de hojalata. Pensaban que era el ruido el que no les dejaba dormir, ni leer, ni hacer el amor. Pusieron un vaso debajo de la gotera. Sonaba distinto ―plin, plin, plin―, casi desde lejos, como si estuviera cayendo al otro lado de las paredes de su casa. Era más llevadero.

Poco a poco el vaso se fue llenando. Mientras leían cuentos tristes se imaginaban cómo iba llenándose. Gota a gota. Al mismo tiempo que trataban de dormirse, sin conseguirlo, contaban las gotas como quien cuenta ovejitas durante el insomnio. Se besaban, hacían el amor mecánicamente y el ritmo de la gotera se transformaba en el diapasón de sus torpes movimientos. Pero un día la gotera dejó de sonar ―silencio― y volvieron a leer y a dormir. Y a escucharse el uno al otro.

Se les quitaron entonces ―definitivamente― las ganas de hacer el amor. A veces él susurraba al oído de ella: «plot». Otras veces era ella la que se acercaba a la oreja de él y murmuraba: «plin». Pero nada.

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[Microrrelato ganador del V Premio de relato mínimo Diomedea]



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Microrrelato seleccionado para la recopilación Literatura comprimida 2008.

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Imagen: Jordi Solano